3 sept 2015

La petición de Susana (cuento Embosqado)

((Nota previa: Tras un "pequeño" parón de 7 años, recupero mi simulacro de blog para publicar un pequeño cuento, dedicado a un cierto grupo de personas. Fotos cortesía de dichas personas. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o no, o sí, o yo qué sé))


Llevaban sólo tres días y medio en aquel campamento para adultos y parecía que todos fuesen amigos desde siempre. "Embosqadas" lo llamaban. ¡Vaya ocurrencia!, y había sido exactamente eso: un campamento... para adultos. Pero por desgracia ya tocaba a su fin.
Allí estaban todos, en la tienda de campaña gigante, celebrando la última velada: Los gemelos malagueños, Juan y Alex, alegres y jaraneros; Nerea, la vasca gruñona pero con un afilado sentido del humor; Jesús, el "pijipi" madrileño; Luz y Laura, las amigas asturianas, la una sosegada y la otra puro desparpajo; Vicente, el cuarentón socarrón de aquel pueblo de Huesca de nombre impronunciable; y, por supuesto, Daniel, el chico amable y poco hablador, del que nadie había conseguido deducir nada, salvo que era de Zaragoza, y una persona encantadora. También estaban las dos parejas de catalanes cincuentones, que aunque participativos, iban un poco más a su bola. Y en el centro, cómo no, Eva y Jorge, los monitores, derrochando simpatía y buen rollo. Salvo los catalanes y Vicente, todos estaban entre los veintipocos y los treinta y muchos.
Susana los observaba con atención, consciente de que aquella era la última noche que compartiría con ese variopinto grupo de personas, que por un breve periodo de tiempo se habían convertido en su familia de la montaña. Todos habían sido muy agradables con ella, cautos en el trato frente a su carácter reservado, y respetuosos ante sus silencios repentinos y sus momentos de recogimiento. Les había cogido mucho cariño, pero -obviamente- no a todos por igual. En su fuero interno se imaginaba escenas románticas con uno de ellos. Improbables en la realidad, dada su timidez.
Desde el principio del campamento se les había propuesto un juego, un divertimento orientado a conectar con el niño que todos llevaban dentro. Una versión más completa del típico "amigo invisible". Consistía en asignarse cada uno (por sorteo) el papel de "Hada" hacia otro participante, con el objeto de tener pequeños detalles y gestos amables con dicha persona, y a su vez asignarse el papel de "Pixie", que debía gastar bromas y pequeñas gamberradas a su "víctima".


En la última velada del campamento tocaba adivinar y revelar quién era el Hada y el Pixie de quién. El cachondeo y las risas se sucedieron mientras unos "acusaban" a otros de Pixies, y pocos eran capaces de reconocer a su Hada. Las acciones de los Pixies abarcaban desde ingenuas bromas hasta gamberradas algo excesivas, que sin embargo, y en el espíritu del juego, fueron tomadas con deportividad por quienes las padecieron. Susana había sufrido a un Pixie bastante gamberro, que lo mismo le cortaba el suelo del yogur para que al cogerlo se le cayera por encima, como le llenaba la cantimplora de piedrecillas, o le dejaba moscas muertas en la almohada. Mientras tanto, ella había sido una Pixie tan benévola que le hizo falta revelarlo para que Nerea descubriera quién le había atado los cordones de las zapatillas entre sí como única broma.
Entonces le llegó el turno de adivinar a ella, que acertó su Pixie a la primera. Se trataba de Alex, el "gemelo guapo", (como bromeaba él mismo), al que había pillado in fraganti haciendo una de las suyas sin que él se diera cuenta, pero se lo había callado para no romper el juego. Sin embargo, en cuanto a quién era su Hada, se encontraba completamente perdida. Se había sentido tan arropada por todo el mundo que no podía pensar en nadie en concreto...
Hasta que Daniel confesó, y a ella le dio un vuelco el corazón. Notó como el pulso se le aceleraba y rezó por que no se notara la tensión de sus piernas ni el ligero rubor que afloraba en sus mejillas. Daniel le había llamado la atención desde el principio, con su elegante forma de moverse, su caballerosidad y su aire misterioso. Sin duda se podía decir que le gustaba. Mucho.
Presa de la vergüenza, zanjó el asunto con un comentario chistoso para disimular su agitación y su sentimiento de "Tierra, trágame".
La velada continuó con la lectura de un cuento bastante extenso, pero Susana no podía concentrarse. Furtivamente se fijaba en Daniel, que parecía inmerso en el relato, y ajeno a las breves pero penetrantes miradas que ella le dedicaba. Intentaba hacer memoria de los días anteriores, y poco a poco iba cayendo en la cuenta de las acciones de su Hada. Quizá la caballerosidad que le atribuía no era más que parte de su condición de Hada hacia ella. Los detalles serviciales durante las comidas, los ofrecimientos para ayudarle con los malditos cierres de las tiendas de campaña, las sonrisas seductoras cada vez que se cruzaban sin nadie más que los pudiera ver... Por un momento se sintió decepcionada. Como siempre, su imaginación le había propuesto escenarios que la unían a Daniel, y ahora temía que, una vez terminado el juego, todo volvería a ser como siempre, y ella regresaría a su estátus de chica reservada por la que la gente siente una cierta empatía, una cierta ternura, y en ocasiones algo de lástima, ignorantes de que sus deseos frecuentes de soledad no eran un lastre, sino una necesidad para ella, una vía de escape para reencontrar su equilibrio para poder afrontar mejor esas interacciones sociales que desde pequeña le habían resultado tan difíciles y costosas. No en vano se había apuntado a aquel campamento, entre otras cosas, con el objetivo de trabajar ese aspecto de su personalidad.
Tan absorta y sumida en sus pensamientos estaba, que tardó en darse cuenta de que Daniel había dejado de atender al cuento, y en su lugar la miraba con la misma sonrisa seductora que tantas veces le había dedicado aquellos días. Pero esta vez no fue breve, como cuando se cruzaban. Él la miraba y sonreía, y parpadeaba lentamente de vez en cuando, sin apartar sus ojos de ella. Susana solía apartar la mirada cuando otra persona la miraba con insistencia, pero había algo en ese chico que anulaba sus inhibiciones. Normalmente se habría sentido violenta y observada, preocupada por que el resto de gente lo "cazara" mirándola así. Pero la sonrisa de Daniel parecía decirle: "no tengas miedo, no tienes de qué avergonzarte". Y así, se sorprendió a si misma devolviéndole la mirada en intérvalos cada vez más cortos, hasta que los dos se quedaron con los ojos clavados el uno en el otro, y así estuvieron hasta que terminó el cuento.

Los participantes poco a poco se fueron levantando, se dieron las buenas noches y marcharon a sus respectivas tiendas. Al final sólo quedaban Susana, Daniel y los catalanes, que reían por lo bajo, con chistes privados que no iban destinados a nadie más que a ellos mismos. Susana estaba inmóvil, incapaz de decidir qué hacer. En su interior bullía una voz que la empujaba a acercarse a Daniel, un impulso que la animaba a tocarlo, a abrazarlo, a besarlo... Pero le aterrorizaba la idea de que él no se sintiera igual, o que sólo estuviera coqueteando con ella, sin más. Ni siquiera sabía si tenía novia, o mujer, o -en el colmo de su inseguridad- si le gustaban las chicas.
Él seguia tumbado en uno de los colchones. Había cogido el cuento y lo repasaba sin mucho interés, como esperando a ver qué hacía Susana. Ella dejó vencerse por sus miedos, y decidió que lo mejor iba a ser marcharse a dormir y evitar enfrentarse a un más que probable rechazo (según su propia interpretación de la situación). Se puso la chaqueta y el abrigo, cerró los ojos, respiró profundamente y se despidió con un lacónico: "Buenas noches", sin ni siquiera volver a mirar a Daniel.
Cuando ya atravesaba las lonas de entrada, oyó a Daniel levantándose como un resorte
-¡Eh! Susana... ¿ya te vas a dormir?
Ella tragó saliva y se dio la vuelta, disimulando sus nervios
-Sí... bueno... no tengo mucho sueño, pero...
-¿Te apetece que demos un paseo?- la interrumpió él, que también se había abrigado.
Ella empezó a balbucear una respuesta, pero finalmente sólo acertó a asentir con la cabeza.
Los dos comenzaron a andar por la zona de acampada, alejándose de las tiendas, hacia los árboles de la parte de arriba. Durante unos cuantos pasos, que a Susana se le hicieron eternos, ninguno de los dos dijo nada. Daniel mantenía una media sonrisa y de vez en cuando miraba a la luna, o hacia las tiendas, como asegurándose de que nadie más los viera.

-Oye, Susana... tengo que decirte una cosa-
-¿Ajá?- musitó ella, mientras notaba como el corazón le latía con fuerza
Daniel se detuvo, se giró hacia ella y le tomó una mano. Susana se quedó mirando sus manos agarradas, intentando comprender lo que estaba pasando. Enseguida se dio cuenta de que Daniel esperaba a poder mirarla a los ojos para decirle aquello, mientras ella seguía observando sus manos como una boba.
-¿Susana? ¿Todo bien?
-Ehh, sí, sí. Tranquilo... que a veces me empano... que... ¿qué me ibas a decir?- dijo ella como quitándole hierro al asunto
-Pues... mira... Es que...- Susana notó a Daniel dubitativo por primera vez -Pues eso, que yo era tu Hada, pero como estabas siempre tan... tan...- se notaba que quería escoger bien las palabras -tan "en tu mundo"... pues no he sabido cómo hacer, ¿sabes? Vamos, que no he sido una buena Hada- concluyó, a la vez que le soltaba la mano y la invitaba con un gesto a seguir caminando
Susana no entendía las palabras de Daniel. Si sentía que no había sido una buena Hada, ¿qué había sido toda aquella galantería? Las sonrisas, los detalles, la atención... ¿Se comportaba así aquel muchacho con todo el mundo?
Ya llegaban a la arboleda, y sin mediar palabra, llevados por una silenciosa complicidad, ambos dejaron de andar y se sentaron, uno junto al otro. Daniel se giró hacia ella y le puso las manos en los hombros con ternura. Así estuvieron un momento, mirándose, abrazándose con los ojos, hasta que él empezó a susurrar:
-Susana...- cada vez que él pronunciaba su nombre ella sentía más calor en su interior -Susana, esta es la última noche, y mañana nos despediremos. No sabemos casi nada el uno del otro... y eso está bien, porque así lo decidimos todos desde el principio. Pero yo era tu Hada, y creo que no he cumplido bien mi papel. Así que... te quería decir, que me gustaría hacer algo bonito por ti. Pero como eres tan... eh...- de nuevo Daniel buscaba la expresión más adecuada -reservada... no sé muy bien qué puede ser- y diciendo esto quitó las manos de los hombros de Susana, dándole espacio para que ella contestara.
Susana había perdido la noción del tiempo por un momento. No sabía si llevaba allí cinco minutos o si pronto amanecería. Pero sin embargo la respuesta a la oferta de Daniel le salió de manera instintiva, casi instantánea, como si llevara allí esperando desde hacía mucho tiempo, esperando al momento justo
-Quiero que me des mi primer beso
Daniel hizo un pequeño aspaviento y abrió mucho los ojos. Respiró lentamente, incrédulo
-Pero... ¿quieres decir que tú... que no... que nunca...?
Susana, que -incomprensiblemente para ella- se sentía mucho más relajada, dejó escapar una risilla
-No, idiota- dijo en tono juguetón -He tenido varios novios desde los 18 años, si te refieres a eso...
-¿Entonces?
-Entonces... ¿te acuerdas que un día os conté que de niña nunca fui de campamentos?
-Pues... sí
-Mis amigas iban, y luego venían y me contaban los "novios" que habían tenido... No sé. Quizá fuera eso, o que en las películas los niños siempre tenían un primer "amor de verano". Y yo nunca lo tuve, nunca tuve ese "primer beso", nunca supe lo que se sentía con esa edad. Y en este campamento me he vuelto a sentir como una niña, o mejor dicho, como la mejor versión de mí cuando era niña, y yo...
No pudo seguir hablando, porque Daniel le tomó las mejillas entre sus manos dulcemente y la beso con suavidad. Luego apartó la cara un poco, y la miró con una mezcla de cariño y picardía. Ella había cerrado los ojos y notaba como si un nudo se estuviera deshaciendo en su interior. Un nudo que había estado allí demasiado tiempo. No sólo desde la ruptura con su ex, sino algo mucho más lejano. En ese instante percibió de golpe todo lo que le rodeaba. El rumor del viento en las copas de los árboles, el río que fluía cerca del campamento, la humedad de la tierra bajo su cuerpo... pero sobre todo, las palmas de las manos de Daniel, que acariciaban sus mejillas con la mayor delicadeza imaginable. Abrió los ojos y se encontró con los de Daniel, que la seguía mirando en busca de una reacción. Ella lo cogió de la cintura y, mientras en sus ojos asomaban unas lagrimillas de pura felicidad, sólo acertó a susurrar: "Gracias"
Daniel la acercó hacia sí y la abrazó. Inclinó la cabeza y la volvió a besar, pero esta vez con más intensidad. Susana noto como el nudo se deshacía más y más, y respondió al beso con otro, a la vez que empujaba a Daniel hasta tumbarlo en la hierba. Y a cada beso le seguía otro más apasionado. Y el amor se prolongó ratos y ratos... Pero como se suele decir: "Lo que ocurre en Oza, se queda en Oza"


Un búho ululaba en la lejanía, el viento soplaba más fuerte, y todavía se podían escuchar las risas de los catalanes, que parecían incombustibles. Daniel y Susana descansaban ya, tumbados uno al lado del otro, cogidos de la mano mientras miraban las estrellas. Estuvieron mucho tiempo así, en silencio, saboreando los momentos mágicos que acababan de tener lugar. Susana se sentía en paz consigo misma, como no recordaba haberse sentido nunca. El nudo se había deshecho por completo, y en su lugar notaba una especie de calor reconfortante. Sentía que se había quitado una gran espina de encima, de un modo muy literal. Casi podía localizar el agujero donde estaba clavada la espina, pero el calor ya estaba cicatrizando la herida.
El amanecer estaba próximo, y Daniel se giró una vez más hacia Susana. Volvía a tener esa sonrisa seductora tan característica, pero la cambió por una fingida mueca de timidez, para completar la petición de Susana
-Oye, Susana... ¿quieres... ser... mi novia?- dijo, simulando un tono infantil y avergonzado
Ella se giró y se recostó sobre el pecho de él, y dibujándole corazones con los dedos le respondió
-Sí. Pero sólo si tú eres mi amor de verano
Daniel asintió, y se dieron la mano como si estuvieran sellando un pacto, ambos con sendas sonrisas de oreja a oreja en la cara. Luego estuvieron bromeando, y hablando de tonterías hasta que se quedaron dormidos.
Amaneció lentamente, y los más madrugadores del campamento salieron de sus tiendas de campaña. Pronto hubo alguien que reparó en las dos figuras tendidas sobre la hierba. Luego empezaron los murmullos... Alguien se acercó a ellos, vio la escena, lo comentó a los demás... Hubo bromas al respecto, les cayó alguna foto de tortolitos, alguna se hizo un "selfie" junto a ellos dormidos... Y cuando llegó la hora del desayuno, los monitores los fueron a despertar.

El resto del día fueron inseparables. Una vez despierta la pareja, nadie hizo un sólo comentario, aunque se respiraba el cachondeo en el ambiente. Hubo miradas de complicidad a uno y a otra. Y poco a poco los acampados se fueron marchando. Primero los malagueños, luego las asturianas y el de Madrid... Todos se intercambiaron los teléfonos, correos electrónicos y demás, y se hicieron promesas de volver a verse, de visitarse mutuamente, de repetir la experiencia. Pero tanto Susana como Daniel sabían que aquello no era más que un espejismo. Navaz, en Navarra, pueblo de Susana, no quedaba tan lejos de Zaragoza en realidad, pero como hemos dicho, "Lo que ocurre en Oza, se queda en Oza", y un amor de verano, al fin y al cabo es eso: algo que contar a las amigas, ese recuerdo perfecto que queda imborrable, idealizado en nuestra mente, un oasis bucólico de cariño. Y como tal, pertenece a un lugar y un tiempo concreto, y es mejor dejarlo ahí, como una obra de arte que queda para la posteridad.


Hay quien cree que a cada etapa de la vida le corresponden unas vivencias, y hay quien cree además que si uno se pierde alguna de esas vivencias en su etapa correspondiente, ya no hay vuelta atrás, y es mejor pasar página, superarlo y olvidarse de ello.
Menos mal que por suerte existen otras personas, que no creen en edades ni en estatus social, ni en lastres pasados ni en errores futuros, y que saben que la juventud y la inocencia se llevan dentro. Que nunca es tarde para vivir aquello que te perdiste. Que debemos darnos permiso a nosotros mismos para ser libres, para jugar y disfrutar, sin miedos ni prejuicios, desaprendiendo aquello que nos impide ser lo que somos, como decía Budha. Rompiendo ese Muro sobre el que tanto cantaron Pink Floyd. En definitiva, volviendo a ser niños.
Estas personas están entre nosotros. Y a veces deciden, en un alarde de originalidad, montar campamentos para adultos... "Embosqadas" los llaman. ¡Vaya ocurrencia!

Jorge Escartín Rubio - 2-9-2015


NOTA FINAL DE AGRADECIMIENTO: Gracias Jorge y Eva (y Pedro, y Miguel Ángel, y Gema, y Julio y Javi) por una experiencia inolvidable. Os deseo el mayor de los éxitos, y ojalá pueda repetir el año que viene. Besos y abrazos para todos

NOTA PARA LOS LECTORES: El verano que viene, no os lo perdáis:
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